Leyendas y Mitologia

El Fantasma de los Hijos Devorados

En la calle puerta de moros existía una puerta por la que se salía a Toledo. Por esta puerta sólo podían pasar los musulmanes y los judíos para pasar a sus respectivos barrios: la morería y Avapies.

Esta puerta conducía a callejones y rincones peligrosos donde se podía encontrar la muerte.

En los alrededores de esta puerta se escuchaban gritos y aullidos que los cristianos atribuían a las almas en pena muertas sin bautizar.

Una noche unos cristianos consiguieron subir al frontispicio de esta puerta, colocaron una cruz para liberarla de las almas. Esto no fue suficiente, pues se oían con mas frecuencia.

Pasado un tiempo, tres espectros cruzaron la puerta susurrando un nombre ininteligible para los vecinos.

Tanto insistieron los espectros, que los vecinos investigaron el nombre de esa persona. Encontraron un hombre armeño que vivía cerca de la puerta de moros.

El hombre acosado por los vecinos y por las revelaciones de los espectros, confeso que mato y se comió a tres de sus cinco hijos porque tenia mucha hambre.

El hombre fue condenado a 200 azotes, muriendo antes de finalizar el castigo. Con su muerte desaparecieron los espectros.

La Pantasma

A principios del siglo XX, cuando Abengibre se iluminaba con candiles, corrían todo tipo de historias y rumores sobre unas extrañas figuras cuyo raro aspecto y costumbres, les llevó a ser conocidas como “los Pantasmas” y así nació una leyenda.

Los Pantasmas iban a veces encapuchados, otras con largos atuendos que les cubrían de pies a cabeza, pero ninguna ropa que pudiera ser normal para una persona, salvo las capas, algunos llevaban capas negras como la tez. Nada se sabía de su procedencia, ni de sus escondites.

Pero no estaban muertos, pues en alguna ocasión alguien había podido llegar a tocarlos y no estaban fríos. Tampoco eran espectros, apariciones o fantasmas porque eran de carne y hueso.

Se sabía que podían emitir sonidos, pero nadie los oyó hablar. Sólo se les había visto de noche cuando, amparados por la oscuridad, campeaban a sus anchas por el pueblo.

Saltaban las tapias de los patios con una agilidad sobrenatural, casi de un sólo brinco, y entraban en los corrales, las cuadras, las cocinillas, hasta en las habitaciones. Se sabía de su presencia en una casa porque los animales, sobre todo las caballerías, se ponían muy nerviosas cuando estaban cerca.

Al principio sólo desaparecían algunos pequeños objetos de las casas, pero luego se fueron haciendo más fuertes y comenzaron a llevarse animales, con especial preferencia por las gallinas, y con el tiempo empezaron a atacar a las mujeres, abusando de ellas. Ninguna recuerda nada de esos encuentros con los Pantasmas.

Se despertaban con algún ruido en la habitación y al incorporarse les veían allí, junto a ellas y luego… se desmayaban.

Muchos hombres, cansados de estas agresiones y mancillado su honor, les persiguieron durante mucho tiempo y montaron guardia en los patios. Les vieron, pero nunca lograron atrapar a ninguno.

Mitologia Griega

En su periodo más importante, se desarrolló en el siglo VIII a. C. Tiene varios rasgos distintivos, como por ejemplo, los dioses se parecen exteriormente a los seres humanos y revelan, al igual que ellos, sentimientos.

Los griegos creían que los dioses habían elegido el monte Olimpo, en una región de Grecia llamada Tesalia, como su residencia.

En el Olimpo, los dioses formaban una sociedad organizada en términos de autoridad y poderes, se movían con total libertad y formaban tres grupos que controlaban sendos poderes: el cielo o firmamento, el mar y la tierra. Fueron tres las colecciones clásicas de mitos: La Teogonía de Hesíodo y la Iliada y la Odisea del Homero.

Este material se basa en la Teogonía de Hesíodo. La teogonía es una especie de sistematización de las confusas tradiciones anteriores, en ella el mito es el tema dominante.

Zeus

Pero, ¿qué es el mito? Mucho se ha escrito tratando de dar una exacta definición; lo único cierto es que el mito es una forma especial de pensamiento que permite al hombre interactuar con su espacio natural y de esta manera también reconocerse como parte de una comunidad específica.

Es un grave error considerar que el mito es un modo de pensamiento reservado a las sociedades “primitivas”.

El mito es y ha sido siempre la defensa espontánea del espíritu humano ante un mundo ininteligible y hostil.

La anterior reflexión nos llevaría a afirmar que en el mito se encuentra el origen de las religiones, sin embargo debe considerarse que los “espíritus” de los bosques, de la luz, de las aguas, no son divinidades, sino solamente presencias capaces de actuar en dominios sobre los que el hombre no tiene ningún poder. El mito griego está en estrecha relación con la religión, pero no llega a confundirse con ella.

A pesar de toda la confusión que preside la conformación de la mitología griega, esa inmersa materia llegó a clasificarse y a ordenarse.

Según Hesíodo, al comienzo no hay nada más que espacio, nada orgánico, nada que pueda ser descrito.

Luego, después de ese vacío, se dibuja la primera de las realidades, que limita y comienza a darle un sentido: la Tierra, Gea (Tellus) la base segura de todo lo que en el mundo ya se encontraba dividido, pues bajo la Tierra seguía existiendo un espacio vacío donde todo era Caos (Chaos). Ese Caos engendra el Erebo, el vasto espacio subyacente, en que más tarde tendrán su lugar los infiernos.

En el vacío ubicado por encima de la Tierra, instala esta a su primogénito, Urano (el Cielo), que emana de ella. Templo griego Al mismo tiempo que se da esta división orgánica del universo, tiene lugar el nacimiento de Eros (Cupido), el Amor, que es aquí el principio abstracto del Deseo, y no todavía el pequeño dios maligno, perverso y alado. En los orígenes mismos de la creación del universo, era imprescindible crear el Amor, este es el motor universal; es quien provoca las uniones del principio cósmico, los engendramientos que ni la imaginación concibe.

Erebo, hijo de Caos, tuvo un hermano llamado Noche. Sin embargo Gea, después de haber engendrado a Urano, dio a luz a las Montañas y las Ninfas (Driada o Nereida), que en ese momento son genios de las Montañas.

A Gea también corresponde la maternidad de Pontos (el Mar, principio masculino, la Ola poderosa). La diosa Noche engendra dos hijos: Éter y Día. El primero es la clara y pura luz que se adivina en las más altas regiones de la atmósfera; la luz de los dioses. Por su parte el Día, ilumina a los mortales, y alterna con su madre la Noche.

Urano y Gea adquieren preeminencia, de ellos nacen doce hijos, los Titanes y las Titánidas. Los Titanes son seis: Océano, el mayor, luego Ceo, Críos, Hiperión, Iapeto y, finalmente, Cronos (Saturno). Seis hermanas, las Titánidas: Tía, Rea (Cíbiles), Temis, Mnemosine, Febe y Tetis.

dioses olimpo

Algunos de estos nombres responden a funciones particulares dentro del mundo, así, Temis, por ejemplo es la Justicia, Mnemosine es la memoria, quien garantiza la duración del mundo, no gracias al tiempo sino a la alternancia entre el día y la noche. Tetis es una divinidad marina; parece personificar la fecundidad femenina del Mar.

Se casó con Océano, y le dio más de tres mil hijos (los ríos del mundo), su morada está situada lejos en el Oeste, en el país del Atardecer, todo rojo, que el Sol visita a diario al bajar del cielo.

Hiperión (el que viaja a lo alto) casado con su hermana Tía, engendra a Helios y Selene (el Sol y la Luna).

La mayor parte de los Titanes no existe más que en su descendencia: Ceo, unido a su hermana Febe (la Brillante), engendra a Leto, que más tarde será la madre de Artemisa y de Febo. Críos, con Euribia, una de las hijas de Gea y del Pontos, engendró a Astreo que fue uno de los esposos de la Aurora (Eos), al gigante Palas, y finalmente Perses, que fue el padre de la diosa Hécate -la señora de la noche-, diosa de la Abundancia, de la Elocuencia, pero también temible maga, hábil para metamorfosearse en perra, en loba, en asna, y cuya estatua de tres cabezas se erguía frecuentemente en las encrucijadas. Iapeto se casó con Climena, hija de Océano y de Tetis, que le dio cuatro hijos: Atlante (Atlas), el gigante que más tarde fue condenado a llevar sobre sus hombros la bóveda del cielo, Menoetio, quien también participó en la rebelión contra Zeus, y que por esa razón fue fulminado y sumergido en el Tártaro. El Titán cuya descendencia reviste mayor importancia es Cronos.

A partir de él se desarrollan los destinos que llevan al poder a la generación divina de los Olímpicos.

Los Cíclopes eran también hijos de Urano y Gea, tres genios de la tempestad: Arges (el fulgor del relámpago), Asteropes (las nubes de la tempestad) y Brontes (el estruendo del trueno), luego los Hecatonquiros (los Ciembrazos), tres gigantes: Coto, Briareo y Gies. Urano detestaba haber sido padre tan prolífico y por ello prohibía a sus hijos el ver la luz; les obligaba a permanecer encerrados en las profundidades de la Tierra.

Ya que Urano imponía una continua fecundidad a su compañera, ésta planeó junto con sus hijos mayores, la venganza. Ninguno de ellos aceptó, excepto el más joven de ellos, Cronos, quien odiaba a su padre –no se sabe bien por qué-.

Entonces Gea le confió una serpiente de acero muy dura y aguzada, y cuando una noche Urano se acercó a ella para fecundarla una vez más, Cronos que se encontraba expectante, le cortó con la serpiente los testículos a su padre y los lanzó al espacio. La sangre del dios herido cayó en forma de lluvia sobre la tierra y el mar, donde engendró aun otras divinidades.

De esta sangre que cayó en la tierra salieron las Erinias –Eumenides-: Alecto, Tisífone y Megera, las tres Furias, genios crueles que viven en las profundidades del Infierno, donde torturan a los criminales, los Gigantes y una nueva generación de Ninfas, las Melíadas, o Ninfas de los fresnos.

Titán Atlas De la sangre mezclada con semen, que cayó sobre el mar, nació la diosa Afrodita (Espuma). Amor y el hermoso Deseo, la cortejaron en cuanto nació.

La leyenda de la tumba del gigante de Gádor

En Sierra Nevada, por la de las Minillas, cerca del Cerro del Almirez hay unas piedras enomes espinadas, no se ha datado su procecencia. En la sierra de Gádorz, en la zona de Caparidán, cerca de la balsa, junto al camino, hay diversos resto de época romana, desde tégulas o tejas de edificios, hasta cerámica fina que rodean una impresionante estructura rectangular y orientación geográfica, formada por piedras de varias toneladas, según los datos del inventario realizado por la ADR Alpujarra, es del siglo I a II d. C.

A estos dos lugares se les conoce como “la tumba del gigante” y “la tumba de la giganta”.

Cuenta la leyenda que vivían dos gigantes cada uno en una sierra y que se peleaban se lanzaban piedras de una sierra a otra, por eso las piedras que hay en Caparidán son pizarras de Sierra Nevada y las piedras de la tumba de las Minillas son de Sierra de Gádor.

Cuentan que el gigante era tan fuerte, que los enormes sillares de piedra que hay en la tumba de Sierra de Gádor se los metía en el chaleco con la misma facilidad que cualquier persona se mete una almendra, las lanzaba a la otra sierra, por lo cual fueron sepultados con las piedras que se lanzaban el uno a la otra.

Aún hoy, la personas ancianas, cuando nieva en el valle y se juntan las nieves de una sierra a otra, dicen que “el gigante y la giganta se han dado la mano”.

La leyenda del Obispo Acuña

Hacia 1521, los Comuneros de Castilla habían sido vencidos por las tropas del Emperador en la batalla de Villalar. Todo Toledo estaba atenta a las sangrientas evoluciones que las represalias imperiales tomaban por toda Castilla.

Cuando todo casi estaba perdido para los Comuneros, el Obispo Acuña entra en Toledo con sus tropas leales para oponerse a la opresión imperial. Todo Toledo estalló de alegría y las campanas sonaron con intensidad.

La presencia del Obispo Antonio de Acuña turbó los actos solemnes que se habían preparado con motivo del Viernes Santo. Mientras se iniciaba el oficio de tinieblas y se conmemoraba la muerte de Cristo en la Catedral Toledana, en el más profundo silencio, a lo lejos se escuchó un murmullo de gente que iba en aumento.

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Al tanto, las puertas de la Catedral fueron abiertas por una muchedumbre que llevaba casi en volandas a Acuña, interrumpiendo la solemne misa y pidiendo a gritos por las naves oscuras de la catedral que Antonio de Acuña fuera nombrado Arzobispo de Toledo.

Obligando a éste a sentarse en la silla arzobispal, sin poder oponer resistencia, el resto de canónigos escaparon por donde buenamente pudieron, quedando el rezo de tinieblas interrumpido.

Una vez terminado esta exaltación, la muchedumbre se retiró y Acuña volvió a sus aposentos. Se dice que aquella noche un murmullo sordo se escuchó dentro de los muros de la Catedral. Algunos dicen que eran las almas de los muchos allí enterrados bajo sus muros que continuaron el rezo de tinieblas interrumpido por la fiereza de la muchedumbre.

No mucho después de estos hechos, Padilla era decapitado en Valladolid y Acuña ahorcado en el castillo de Simancas. En los años siguientes, se contaba que una vez terminados los actos litúrgicos nocturnos de la Semana Santa, en la Catedral se escuchaban numerosos murmullos y ruidos…

Pasó el tiempo, y dos siglos después, un viajero curioso que escuchó la historia quiso comprobar por sí mismo la veracidad de estos supuestos murmullos que se escuchaban en tan señaladas fechas…

El Viernes Santo se ocultó en una capilla y decidió esperar a que todo quedara tranquilo para ver qué sucedía. Cansado por el trasiego del día, el viajero quedó dormido. Un murmullo le despertó sin saber muy bien el momento de la noche que era. Una vez se puso en pie se acercó a la puerta de la capilla. Las tinieblas más absolutas poblaban las altas naves de la Catedral. Tan solo algunas velas encendidas proyectaban oscuras sombras de las imágenes que recibían su luz.

Al llegar a la puerta de la capilla se quedó helado de terror. Vio una terrorífica procesión encabezada por un arzobispo que llevaba una espada a la cintura. Vio acólitos, esqueletos, fantasmas, algunos sin cabeza, y los monstruos más deformes en una fantasmagórica hilera.

Como un ejército derrotado en la batalla, con las cabezas bajas y con el aspecto de estar arrepentidos. Sostenían en una mano una espada y en la otra una antorcha que proyectaba sombras en las estatuas de la catedral. Los murmullos que se oían fuera, amortiguados por los muros de la Catedral se convertían en unos espantosos sonidos que llevaban a la locura.

Todas las estatuas que eran iluminadas por las antorchas al paso del terrible séquito cobraban vida y se incorporaban a la procesión.

Según narra la Leyenda, eran los Comuneros los que purgaban sus penas saliendo los tres días de Semana Santa en procesión por la Catedral, por la afrenta que hicieron interrumpiendo tan sagrada misa.

También cuenta la leyenda que cuando fue encontrado el viajero tumbado en una de las naves de la Catedral se confesó, purgó sus penas y expiró con horrible cara de terror.

La Leyenda de la Vera Cruz y Chovas

Cuenta la leyenda que en una tarde dorada de primavera.

Si, dorada, porque en Segovia la tarde puede dorarse, ya que la luz de esta ciudad es como un velo mágico que la envuelve, para después irla descubriendo poco a poco, y dejar que se vuelva gris piedra. Menos su cielo, que de claro y esplendoroso pasa a ser rosa azul y blanco, en una mezcla de singular belleza que han cantado todos los pintores y poetas que visitaron la ciudad.

leyendas de segovia

 

En esa tarde, bajaban los Caballeros Templarios a caballo por una cuesta empinada, con trote enardecido y veloz.

Atrás quedaba la mole del Alcázar, que resplandecía al sol.

Corrían porque habían oído decir que una partida de bandoleros estaba ante la Veracruz, y ellos iban decididos a defenderla.

No tardaron en dividar a los atacantes, que estaban intentando forzar la entrada, mientras dos hombres, con las espadas desenvainadas, cortaban el camino. En unos minutos éstos fueron arrollados, quedando el paso franco.

Los Templarios llegaron justo en el preciso momento en que los goznes de hierro de la puerta acababan de ceder.

Y todo fue entrechocar de espadas, ruidos de cascos y ayes mezclados con rezos y juramentos.

Mientras, dentro de la iglesia y apiñados junto al rosario los monjes rezaban.

Al fin, los Caballeros Templarios lograron poner en fuga a los bandidos. Pero allí, junto a la defendida puerta, quedó tendido el mejor de ellos, con una espada clavada en el pecho.

- ¿Santa María!…¿Me muero!…¿Valedme, por Dios!…

El prior llegó a tiempo de escuchar la petición de perdón del moribundo.

- “Recíbate Cristo, que te ha llamado, y llévente sus ángeles al Seno de Abraham”.

Los Caballeros Templarios arrodillados, contemplaban la triste escena.
Uno de ellos hizo al Padre Prior este ruego:

- ¿Podría quedarse aquí nuestro compañero muerto? Debemos avisar a su familia y disponer todo para el entierro.
El religioso como es lógico accedió a la petición. Después los Caballeros Templarios marcharon a galope triste por el camino que conducía a Segovia. El eco repetía su lúgubre canto:

“Salid y oíd los pregones / cómo dicen muera, muera: / salid y oíd la carrera / toda bañada de sangre / Y veréis qué lastimada / iba la Virgen María /. / Salir en su compañía, / ayudarla a caminar. / Que a todos llama y convida / con su soberana luz, / cristiano, llevar la cruz por bandera / y hoy seréis mi medianera por orar.”

(“Los pregones”. De Basilia Serrano. Valverde del Majano.)

El Alcázar, desprovisto ya del baño solar, parecía ahora un palacio encantado, surgiendo del follaje oscuro.

Las campanas de la catedral empezaron a tocar pausadamente.

Mientras, abajo, los frailes presurosos, corrieron a preparar la iglesia.

No tardó mucho el caballero muerto en estar tendido al pie del altar mayor, entre grandes hachones de cera. Su cuerpo descansaba sobre un paño negro con esquinas doradas.

Los frailes, a su alrededor, rezaban latines encomendándole a Dios.

Después uno de ellos abrió las ventanas para que el aire fresco de la noche renovara el enrarecido de la iglesia.

A continuación, con el Prior a la cabeza, en blanca hilera, marcharon los monjes a clausura para tomar un refrigerio, antes de empezar la vela junto al cadáver, que no se interrumpiría en toda la noche.

¿Ay, que horror cuando volvieron! Los religiosos corrían y gritaban espantados por el interior de la capilla.

Porque el Caballero Templario muerto era ya un esqueleto cubierto por el manto negro de las chovas hambrientas, que se habían introducido por los abiertos ventanales.

El Prior, horrorizado al ver la maldad de aquellas aves, subió al púlpito y les dijo:

- “Yo os maldigo, chovas repugnantes, por haber profanado este lugar. Y en castigo a vuestra infame acción, ni vosotros ni vuestros descendientes, mientras los siglos sigan sucediéndose, volveréis a posaros en la torre y en el tejado de nuestra iglesia.”

Y así acaba la leyenda.

Y los habitantes de Segovia y Zamarramala aseguran, que jamás han visto posarse sobre la Veracruz chova alguna.

La batalla del Más Allá

Cuenta la leyenda que en los jardines y bosques del Monasterio, se oían los rezos de los monjes. Estos rezos sacaron de la influencia satánica a una joven. La corte demoníaca, irritada, decidió prender fuego al monasterio con los monjes dentro como venganza. Los frailes invocaron a los ángeles que acudieron en su ayuda.

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Se libró una gran batalla entre los ángeles y los demonios y después de muchas horas de lucha, la victoria de los ángeles estaba más cerca. Habían derrotado a casi todos los diablos; sólo les faltaba uno que portaba un gran peñasco con el que les amenazaba. Consiguieron eliminarlo y el gran peñasco cayó en el valle, que ahora se conoce como la Peña del Diablo.

La bella Susona y su Desgracia

Sucedió en Sevilla allá por el siglo XIV.

Los judíos sevillanos, tras la persecución de que fueron objeto, habían obtenido la protección de la Autoridad Real, y vivían con ciertas garantías, pero no por ello se sentían del todo seguros, y soportaban innumerables vejaciones. Esto despertó en algunos de ellos un rencor que pronto había de convertirse en afán de venganza.

Y al efecto, un judío muy principal llamado Diego Susón ideó un plan que habría de sembrar el terror en Sevilla, y con la idea, quizá, de organizar un general levantamiento de judíos en todo el reino.

Recordaban los judíos que las persecuciones de los visigodos dieron ocasión a que los judíos de aquel entonces organizasen arteramente una rebelión, al mismo tiempo que facilitaron a los árabes la invasión de España. Ahora quizá podrían hacer lo mismo. Así comenzaron en casa de Diego Susón a celebrarse reuniones secretas para estudiar el plan de la que sería la gran sublevación judía de España.

Tenía Diego Susón una hija, a la que por su extraordinaria hermosura se llamaba en toda Sevilla “la fermosa fembra”. Y ella, engreída por la admiración que despertaba su belleza, llegó a hacerse ilusiones de alcanzar un alto puesto en la vida social. Así, a espaldas de su padre, se dejaba cortejar por un mozo caballero cristiano, uno de los más ilustres linajes de Sevilla, que tenía en su palacio un escudo de gloriosa heráldica.

La bella Susona se veía a escondidas con el galán caballero, y no tardó en ser su amante.

susona

 

Cierto día, cuando Susona dormía en su habitación, se reunieron en la casa los judíos conjurados, para ultimar los planes de la sublevación. Pero Susona no dormía porque como todas las noches, aguardaba a que su padre se acostase para huir sigilosamente de la casa, a reunirse con su amante hasta el amanecer.

Susona escuchó palabra por palabra toda la conversación de los conspiradores, y mientras tanto, su corazón latía angustiado, pensando que entre los primeros a quienes darían muerte estaría su amante, que era uno de los caballeros principales de Sevilla.
Aguardó a que terminase la reunión de los judíos y cuando todos se marcharon y su padre se acostó, la bella judía abandonó la casa, marchó por las calles de la Judería hacia la actual Mateos Gago, por donde se salía del barrio.Desde allí se dirigió a casa de su amante y entre sollozos le refirió todo lo que había oído.

Inmediatamente el caballero acudió a casa del Asistente de la Ciudad, que era el famoso don Diego de Merlo, y le contó cuanto la bella Susona le había dicho. Acto seguido, don Diego de Merlo, con los alguaciles más fieles y de confianza, bien armados, recorrió las casas de los conspiradores, y en pocas horas los apresó a todos. Pasados unos días, todos ellos fueron condenados a muerte y ejecutados en la horca de “Buena Vista“, en Tablada.

El mismo día que ahorcaron a su padre, la fermosa fembra reflexionó sobre su triste suerte. Aunque su denuncia había sido justa, no la había inspirado la justicia, sino la libinidad, pues el motivo de acusar a su padre fue solamente para librar a su amante y poder continuar con él su vida de pecado.

Atormentada por los remordimientos, acudió Susona a la Catedral, pidiendo confesión. El arcipreste la bautizó y le dio la absolución, aconsejándole que se retirase a hacer penitencia a un convento, como así lo hizo y allí permaneció varios años, hasta que sintiendo tranquilo su espíritu volvió a su casa donde en lo sucesivo llevó una vida cristiana y ejemplar.

Finalmente, cuando murió Susona y abrieron su testamento encontraron una cláusula que decía:

“Y para que sirva de ejemplo a las jóvenes y en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto, separen mi cabeza de mi cuerpo, y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás”.

Se cumplió el mandato testamentario, y la cabeza de Susona fue puesta en una escarpia sobre el dintel de la puerta de su casa, que era la primera de la calle que hoy lleva su nombre. El horrible despojo secado por el sol, y convertido en calavera, permaneció allí por lo menos desde finales del siglo XV hasta mediados del XVII según testimonios de algunos que la vieron ya entrado el 1600. Por esta razón se llamó calle de la Muerte, cuyo nombre en el siglo XIX se cambió por el de calle Susona que ahora lleva.

El mito de lo Qutu

Según la Lista real sumeria, tras la caída de Akkad los reyes trasladaron la Corte a Uruk. Allí se sucedieron cinco reyes durante un periodo de 30 años. Después de eso, hacia el 2200 a. C. la horda qutu (también llamada guti, gutis o gutu) formó una nueva dinastía de 21 reyes.

Existen muchas preguntas sin respuesta acerca de este pueblo de las montañas, cuestiones sobre su origen geográfico, su etnia y su lengua, y aún se discute el papel que jugaron en la caída del Imperio acadio. Se piensa que podrían ser los ancestros de los actuales kurdos.

No existen apenas fuentes coetáneas, por lo que su época es una de las más oscuras de la historia de Mesopotamia. Crónicas posteriores describen a los qutu como hombres feroces, que no conocían el temor de los dioses, y los denominan “dragones de la montaña”. Los sumerios los llamaron “serpientes, escorpiones y parodias de hombres”.

Aquellos que no forman parte de la Tierra:

Los qutu, un pueblo sin riendas,

Con mentes de hombres pero sentimientos perrunos

Y rasgos de monos.

Cual pequeñas aves, se abalanzaron sobre la tierra en grandes bandadas…

Nada escapó a sus garras,

Nadie escapó.

Formaban una minoría tribal asentada en los montes Zagros del este del Tigris, vecinos de los lullubi, junto a los cuales, y en unión de umam-manda, hurritas y elamitas, habrían provocado la caída de un Imperio acadio minado por la agitación religiosa y el malestar social. Se supone que sus incursiones se habían iniciado en los últimos años del reinado de Naram-Sin, en respuesta a la violencia y depredación de sus territorios. Las ciudades sumerias aprovecharon la ocasión para independizarse, y la anarquía y los desórdenes dinásticos sacudieron el trono.

Gudea-de-Lagash

Los mensajeros ya no podían viajar por los caminos,

El bote del correo ya no podía viajar por el río,

Los prisioneros se hacían cargo de las guardias,

Los bandidos llenaban los caminos […]

Plantaron jardines para su uso en mitad de las ciudades,

No en las afueras, como era costumbre.

En los campos no crecía el grano, las aguas no traían peces,

Los huertos no daban sirope ni vino,

Las nubes no traían lluvia […]

Los hombres eran tomados por traidores,

Los héroes yacían muertos, apilados en montones encima de otros héroes,

Y la sangre de los traidores manaba encima de la sangre de los hombres honestos.

Ellos pensaban que la invasión ocurrió porque los dioses estaban enfadados.

En la Maldición de Agadé narran cómo Naram-Sin había destruido el gran templo de Enlil en la capital, llevándose todo el oro, la plata y el cobre en sus barcos. Ese acto sacrílego habría sido el causante de la desgracia que venía a abatirlos. Enlil se venga enviando a esas hordas como “retumbante tormenta que subyuga a todo el país, el diluvio creciente al que no es posible enfrentarse… Y así, en las orillas de los canales creció la hierba; en los caminos, creció el luto”.

Gudea de Lagash

El dominio qutu sobre Akkad y Sumer fue intermitente y más nominal que efectivo, puesto que la mayoría de las ciudades gozaron de total libertad y algunas de ellas alcanzaron entonces su apogeo, como Uruk, Lagash o Ur. Estos lugares se convirtieron en refugio de los sumerios y vivieron nuevos periodos de esplendor. Gudea, patesi de Lagash, creó un imperio comercial que pagaba tributos a los qutu por establecer rutas de caravanas.

Se produjo un periodo de lucha por la corona; reyes acadios y qutu, junto con usurpadores, se sucedían en el poder sin que ninguno fuera capaz de ejercerlo. El último rey de los qutu, Tiriqan, sólo llegó a reinar 40 días, hasta ser expulsado por un rey de la quinta dinastía de Uruk, llamado Utukhegal (2120 – 2112 a. C.), que se enfrentó a él en batalla obteniendo una aplastante victoria. El dominio qutu, cuyas gentes eran una minoría dentro de la población, quedó seriamente quebrantado y desapareció al poco tiempo.

Parecía al principio que los invasores no tenían intención de sustituir una cultura por otra, sino que eran simples bárbaros destructores que asolaban todo a su paso. Destruyeron el templo de Ishtar en Assur, el palacio de Naram-Sin en Tell Brak, arrasaron ciudades hasta los cimientos, saquearon el valle del Diyala y ocuparon la capital.

Sin embargo, acabaron por adoptar la superior cultura sumero-acadia con sus costumbres, religión y lengua, permitiendo los intercambios comerciales y con ello la recuperación del país. También se sirvieron de la misma estructura administrativa acadia, pero los invasores eran un pueblo de montañeses con poca o ninguna experiencia en la administración de amplios territorios dotados de una administración compleja. La falta de rastros epigráficos y en general culturales de los qutu en Mesopotamia da a entender que su dominio no imprimió huellas importantes. No dejaron inscripciones o tradiciones tras de sí, ni tampoco historias que contar.

Emplazamiento del palacio de Naram-Sin en Tell Brak

Su dominio se concentraba sobre todo en Mesopotamia central, permaneciendo contiguo a sus tierras de procedencia. Su centro siguió estando en las montañas, y su vencedor, Utukhegal, los acusaba de haberse llevado la realeza de sumer a un país extranjero.

El periodo que comienza con la caída del Imperio acadio fue el último gran momento de esplendor cultural y político que se había desarrollado en Mesopotamia desde el cuarto milenio. Conocido también como periodo neosumerio, comienza con la expulsión de los qutu y prosigue con la unificación del país de Sumer y Akkad.

El hombre de “Las narices”

Si a alguno de nuestros lectores le decimos… “El hombre de las narices”, posiblemente lo tome como una broma o como un gesto de desprecio, sin embargo tal denominación no se apoya en ninguna de los matices y si en una vieja leyenda catalana.

L’home dels nassos (hombre de las narices) es un personaje de la mitología catalana que tiene tantas narices como los días que quedan del año (es decir, cada día que pasa pierde una nariz). Sólo se le puede ver a fin de año, el día 31 de diciembre.

Según el folclorista Joan Amades, el hombre de las narices parece ser una degeneración de un personaje mítico que simbolizaba el transcurso del año.

Tradicionalmente, los adultos suelen explicar a los niños que el último día del año sale el hombre de las narices y ellos suelen imaginar un personaje estrafalario con 365 narices en la cara, sin pensar que el 31 de diciembre ya sólo le queda una. Para completar la broma, se solía decir que recién se le había visto pasar por alguna calle cercana, con la intención de que corriesen a ver si podían encontrarlo. También había quien decía verlo reflejado en las canaletas del agua y así se lo indicaban a los pequeños.

En los pueblos más pequeños, se decía que aparecía en la iglesia para beberse la pila de agua bendita.

En Barcelona era tradición encontrarlo a las 12 en punto del 31 de diciembre en la plaza del Palau, delante de la Llotja, sobre una tarima para que todos pudiesen verlo cubrirse con unas cuantas docenas de sábanas las 365 narices que se suponía que tiene por todo el cuerpo, ya que no le caben en la cara.

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